Mitologías

 Muchas veces he creído estar viviendo una contradicción entre hacer música y hacer familia. La vida en pareja es una de amor y entregas. Tres hijes a quienes dedicar energías, pensamientos y recursos llenan el alma mientras vacían el reloj. Cuántas veces he tomado mi guitarra para, ipso facto, oír un distante pero ineludible "papáaaaaaaa". Así surge la mitología en torno a la falta de tiempo para el proyecto personal.

 Habrá quienes vivan la oposición de haber relegado una pasión durante años a cambio de pragmatismo. O aquellos que sólo tengan pedacitos de noche para sí, luego de agotados días de trabajo "normal" (que no llenan la cuenta, pero compran algo de predictabilidad).

 Pongo la radio, o los más tocados de Spotify, y lo que más escucho son lo que llamo "Super 8 musicales"; endulcorados bocados de sonido que excitan los sentidos, distraen de la ansiedad, y hasta dan una pasajera alegría. Dulce entra, nada queda. La música, nacida para saciar el hambre del alma, acompañar ritos y afiatar al colectivo, se cosifica, empaqueta y distribuye.

 Creo evidente la capacidad que tienen las obras artísticas, y en general la obra humana, de inmortalizar el ánimo de su tiempo, su campo mental y emocional. Me parece esperable y muy deseable, entonces, que el arte musical dé cuenta del mundo en el que nació. Una, supuestamente, condenable mercantilización y trivialización de nuestros trabajos me parece natural. Porque, sin quererlo, estamos contándole a las personas del futuro cómo somos hoy, desde qué paradigma vivimos y creamos. No creo en un arte inmaculado, ciego y distante de la realidad, aspirante a una belleza olímpica. La cultura del espectáculo, la prevalencia de la inmediatez, la hegemonía de las imágenes, las defensas a la violencia, las interacciones sociales dadas en este marco económico - y no las interacciones económicas dadas en un marco social- nos tienen enfermos, sí, pero al ser los valores que efectivamente operan hoy, el arte debe también expresarlos y padecerlos.

 Porque existe la música en tanto bien de consumo es que recordamos enaltecer sus otras facultades. La facultad des-excitante, la reflexiva, la que te pierde en el celeste paisaje interior. Esa revalorización no se logra defenestrando a este enemigo poderoso que sería la música hipercomercial. ¿Cómo conocer lo profundo del mar sin antes pasar por la superficie? ¿O el día no resplandece lo mismo que la oscuridad de la noche? Lo uno es lo otro. Humanizar es entrar en contradicción. Córtate un brazo y ya verás cómo el otro lo extraña para abrazar. Por eso tenemos que seguir escuchando reggaetón, para no olvidar a Luis Alberto, Ludwig y Miles.

 Mi familia, mis otros, son condición de mi existencia. Aparezco en sus ojos y sólo entonces en el mundo. El salto total al misterio se da en el oído de quien escucha; la cuerda vibra sólo cuando hay cobijo. Faltan las horas para que reluzca el oro de las que quedan, es la alquimia sustractiva. El intenso amor en el que vivo es el Sol en la sombra del tiempo. Mis creencias más absurdas, la razón de la jornada. Mitologías exuberantes que sosiegan imágenes, dejan el lienzo en blanco, listo para sonar.

 Con amor, entonces, "Vals para Filomena", nacido del corazón de mi hermosa hija menor:






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