“Sé que la Vida Pasa”

 “Sé que la Vida Pasa”



 Tengo la fortuna de aún contar con el Yeye. Abuelo genial, pintor, inventor, humorista, alma inquieta y alegre. Músico autodidacta, que sin instrucción alguna, toca de oído Beethoven en piano y crea naturalmente con el instrumento que tenga a mano.


 La abuela Rosamarina completa el binomio, pintora talentosa, consumada cocinera dominical, hija de Gregorio de la Fuente, el Golli, pintor y muralista chileno, mítico en su tiempo, que legó arte y estética de vida.


 Recuerdo vívido los fines de semana de la infancia en que los visitábamos. El Yeye seguro nos esperaba con algún juguete que había inventado. Un improbable mecanismo hecho con maderas, clavos, cuerdas, elásticos, bolitas. El antejardín de la casa, microclima salvaje y dedicado. El taller de pintura del fondo, olor a creación, aire místico y energizado, abundancia cromática y espiritual.

 No puedo terminar de explicar cómo hasta el día de hoy, todo lo que hace el Yeye está infundido de vitalidad, colorido, delirio. 


 Hace unos diez años, el Yeye y la Rosamarina sufrieron un incendio y perdieron todo menos la vida. La casa, los cuadros que pintaron, las fotos y cintas de video de una vida entera, décadas de cuadernos con sus anotaciones, souvenirs de sus viajes, los recuerdos de la infancia de mi papá, mis tíos y todos mis primos. Decenas de cassettes con sus Wagners favoritos y las grabaciones caseras del Yeye se disiparon, combustibles.


  Un pedazo de vida de cada miembro de la familia se hizo humo. ¡Qué pena y qué dolor! Y a la vez, qué simple recordatorio: somos los que somos, no las cosas.


 Algunos pequeños objetos que otros guardábamos se salvaron. Yo tengo un reloj rectangular que le iba a arreglar a mi abuelo (todavía no lo hago). Una botellita con arena de Egipto, de alguna aventura que se buscaron. Por ahí unas tarjetas de cumpleaños, una que otra foto ochentera. Instrumentos musicales varios, entre ellos una mandolina con cuerpo de armadillo que sí que restauré.


 Y lo más increíble, en algún rincón ¡encontré uno de los cassettes del Yeye!, en él varios minutos de improvisación con un teclado Casio. 

 Llevé el cassette a estudio Madreselva. Lo abrimos y, destornillador y scotch en mano, reparé el sistema de la cinta. Lo pusimos en una cassettera y de pronto, un hermoso sonido análogo aparece mágicamente, cruzando el portal del tiempo. Arqueología auditiva.


 Llamé hace algunos días al Yeye, para contarle que iba a subir su música a internet, que me parecía que daba para disco, pero que me faltaba el título y la portada. Me mandó una de sus pinturas para hacer el arte y me contó la historia de cómo creó esta música en un viejo acordeón, en algún lugar de la entonces paradisiaca La Pintana en los años 60. Cómo en un juego creador con sus hermanos y amigos francoparlantes, llegaron estas melodías a tener letra en francés. Olvidadas las estrofas, les sobrevive el título “Je Se Que la Vie Passe”.


  Yeye, algún día seré como tú, o quizá ya lo soy. Por ahora, me tomo la libertad de homenajearte en vida, inmortalizar tus melodías, y de pasada, declararme oficialmente nieto de compositor. 


 Y por cierto, qué nombre que le pusiste a tu disco debut, consejo pertinaz desde tus ochentayseis años, para que los más jóvenes no nos hagamos los lesos y vivamos la vida ahora! Apurados vamos tratando de olvidarlo, pero indefectiblemente sabemos que la vida pasa….






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