El Tesoro del Presente

 Absorto miro las baldosas de mi casa, busco en su dibujo un sentido a la incertidumbre de la época, a la puesta en escena en la que nos acomodamos cada día. La tenue luz de la pieza apenas calienta, pero alumbra lo importante; este momento es lo único que tengo,  ponerle atención traerá la calma. 

 A veces bien, tantas otras mal, trepidantes, conscientes, contentos e impacientes vamos llenando el acontecer con esta sustancia que llamamos vida. En el sinuoso bosque del tiempo conectamos lo que creemos que pasó con lo que creemos que vendrá. Y así, sin previo aviso, ¡paf! un día cesarán los momentos, el respiro, y volverá el sinsentido.  

 Inmerso en el instante recuerdo que la palabra escrita ofrece una entrada al misterio. La cuerda agitada, vislumbres para una comprensión. Pero los hechos reinan y se acaba el tiempo para filosofías, mi hijo ha despertado, estremecido en la penumbra. Ya aprenderá que la sombra es síntoma de la luz. Parto a reconfortarlo y dejo a la palabra sin lector, a la cuerda sin oído. A cambio, me gano un beso, y me enternezco. Entonces, vuelve la baldosa, en boca del silencio madrugador. 

 El presente se hace presente porque ya nadie está en su camino. Aparece el Sol, pronto lo hará ella. El computador no se mira ni teclea. Llega el alba, me gano dos besos más. Los relojes dudan y los latidos pasan a ser la medida. 

 Despunta el día, mi cabeza quiere llenarse, pero justo antes, el momento triunfa y se convierte en historia, y la historia en vida, la vida en universos y los universos en los besos que me gané. 

 Miro a mi alrededor, al fin una claridad, amanecí en medio del tesoro…








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