Un viejo pesado y una vieja linda



 Me he peleado con el guitarrón chileno muchas veces. Me ha caído muy mal. Es como un viejo pesado, mañoso y cáustico, que no te la hace nunca fácil. Sumado a su inherente dificultad técnica, se parece más a una escarpada montaña, que a un cálido refugio musical.

 Pero, ¡qué tremendo espíritu que tiene!, qué manera impresionante de invocar energías, presencias y ausencias. Es el mago que al instante me conecta con el alma de mi paisaje. Su resueno, su configuración, su simbología, son únicos en el universo.

 Pasé años estudiando solamente el toquío básico que acompaña el canto a lo poeta. El maestro Alfonso Rubio, ilustre integrante de la más fina estirpe de guitarroneros de Pirque, me enseñó los rudimentos, y fiel a mi porfía autosuficiente, me lancé a practicar y descubrir por mi cuenta, preguntar aquí y allá, recabar grabaciones con amigos, etc. 

 La experiencia de los encuentros de guitarroneros de Pirque me marcó intensamente. Fue una vivencia absolutamente reconceptualizante de lo que es el fenómeno musical y humano.

 Años entonces son los que utilicé en aprender 3 o 4 pasajes de música en el guitarrón, lo que me granjeó no pocos reclamos de mi esposa! “Siempre lo mismo! tin-tin tin-tin tin-tin!”. 

 Me pregunté muchas veces si acaso iba hacia alguna parte mi exploración en el sonoro “estrumento”. Incluso, ante la falta de fe, compensé con una que otra fantasía absurda de transformarme en el gran innovador del guitarrón chileno. Pobre y extraviado muchacho...


 Y en el otro extremo, la Yaya, mi amada mamá de mi mamá. Una mujer amorosa y valiente que ante la muerte de su propia madre, se hizo cargo de sus 7 hermanos, ¡contando con sólo 14 años! Cuándo siento que la vida se pone difícil, pienso en ella y mis problemas se reducen a una simple mención en mi anecdotario.

 Su esposo, el Tata (otro viejo pesado), entre los vericuetos de la vida, logró legar un pedacito de tierra y una casa en Padre Hurtado para ella y sus tres hijos. Allí mi abuela vivió y cosechó hasta sus últimos días, y yo determiné mi infancia y mi noción de felicidad. Recuerdo tan bien los sillones, la madera de la casa, sus amadas plantas y árboles, su chacra milagrosa y las comidas coloridas y sabrosas que regalaba, llenas del ingrediente elemental. 

 La Yaya siempre pensó y actuó para una infancia intocada. Siempre nos amó y acarició, jamás una reconvención, represión cero. Le rompimos los vidrios a pelotazo limpio enésimas veces, pero siempre respondió con más y más comprensión, más y más churrasquitos. ¡Qué lección de amor, simpleza y sabiduría!

 Hoy me toca hacer crecer una ramita del gran árbol de la música chilena, siguiendo la luz de los maestros, de robustos viejos pesados e imprescindibles viejas lindas. 

 Miro para atrás y se pierde la vista en lo insondable. Veo al frente y allá están, los referentes, que desde un tiempo pretérito nos dejan tremendas huellas para el futuro. Sigo tus pasos...




 ... les dejo la música que hice inspirado en estas vivencias:




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